La alegría de participar en la visita del Papa León XIV
Hay días que una no sabe muy bien si contarlos o guardarlos un ratito en silencio. La visita del Papa León XIV a Madrid, en la Solemnidad del Corpus Christi, fue uno de esos días.
Fuimos con la diócesis de Salamanca, con ilusión, calor, sombreros rojos, agua, paciencia cristiana… y alguna que otra ampolla que también quiso hacer peregrinación. Pero volvimos con el corazón lleno.
Madrid se convirtió por unas horas en una gran familia reunida alrededor de Jesús Eucaristía. Y allí, en medio de tanta gente, una comprendía que la Iglesia no es una idea: es un pueblo que camina, reza, canta, se abanica como puede y sigue adelante.
El Corpus: Jesús en medio de la vida
En su homilía, el Papa nos recordó:
“Estamos reunidos en torno a la Eucaristía, el don de la presencia viva de Cristo en medio de nosotros”.
Y eso fue precisamente lo que vivimos: Cristo en medio. No lejos, no encerrado, no reservado para unos pocos. En medio de la calle, de la ciudad, de la gente, de nuestras alegrías y cansancios.
También dijo:
“No se trata únicamente de sacar la custodia, sino de dejarnos sacar nosotros mismos del egoísmo, de la indiferencia, de una fe cómoda y privada”.
Y ahí una se queda pensando. Porque en una residencia lo entendemos muy bien: la fe que se queda quieta se nos duerme; la fe viva se levanta, acompaña, escucha, sirve y se sienta junto al que más lo necesita.
Una fe que no se guarda en vitrina
El Papa nos dejó una frase preciosa:
“Que la religiosidad que desde hace siglos anima este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe de la que beber también hoy”.
Y nosotras decimos: amén… y con abanico, si hace falta.
Porque la fe no es un recuerdo bonito ni una foto antigua. La fe es vida. Es aprender a mirar de nuevo. Es descubrir a Cristo en la Eucaristía y reconocerlo después en el rostro de nuestros mayores, en sus manos, en sus silencios, en sus historias y también en sus ocurrencias, que algunas tienen más teología de la que parece.
Volver con más corazón en las manos
Para nosotras, Hijas de San Camilo, esta experiencia tuvo un sabor muy especial. Porque el Corpus nos recuerda que Jesús se parte y se entrega. Y quien se acerca a la Eucaristía no puede vivir con el corazón cerrado.
San Camilo nos enseñó a cuidar con ternura, como una madre cuida a su único hijo enfermo. Y eso es lo que intentamos vivir cada día en la residencia: que cada gesto pequeño tenga algo de Evangelio.
Volvimos cansadas, sí. Pero de ese cansancio bueno que no pesa tanto porque viene lleno de sentido.
Gracias, Santo Padre
Gracias por recordarnos que Cristo camina con su pueblo.
Gracias por ayudarnos a mirar la Eucaristía no como algo lejano, sino como una presencia viva que nos empuja a amar mejor.
Y gracias a Dios por permitirnos vivir este día como familia de Iglesia.
Porque al final, Jesús sigue pasando. Por Madrid, por Salamanca, por nuestras calles… y también por los pasillos de nuestra residencia.
Y cuando Él pasa, siempre deja algo: paz, alegría y ganas de poner más corazón en las manos.








