Hay hombres que cambian la historia con un ejército. Otros lo hacen escribiendo grandes libros o gobernando naciones. Camilo de Lelis lo hizo inclinándose sobre una cama de hospital.

Su revolución no nació en un palacio ni en una universidad. Comenzó allí donde casi nadie quería estar: entre enfermos abandonados, pestilencias, llagas y moribundos. Allí descubrió algo que transformaría su vida y la historia de la asistencia sanitaria para siempre: el enfermo no era un estorbo, sino el mismo Cristo esperando ser amado.

No es casualidad que Benedicto XIV definiera a san Camilo como «el iniciador de una nueva escuela de caridad», una expresión que ha acompañado su figura hasta nuestros días.

El soldado que parecía destinado al fracaso

Nada hacía pensar que aquel muchacho llegaría a ser santo.

Camilo nació en 1550, en los Abruzos italianos. Era extraordinariamente alto —rozaba los dos metros—, impulsivo, testarudo y apasionado por las armas. Siguiendo el ejemplo de su padre, ingresó en el ejército y pasó su juventud recorriendo campos de batalla.

Los historiadores coinciden en describir una etapa marcada por el juego, las deudas y una vida profundamente desordenada. Perdía cuanto tenía en las cartas. En una ocasión llegó incluso a quedarse sin camisa después de apostar hasta la última moneda.

Pero Dios acostumbra a escribir las mejores historias cuando todo parece perdido.

El día que cayó del caballo… o, mejor dicho, del burro

Su conversión es una de las escenas más conocidas de la espiritualidad camiliana.

El 2 de febrero de 1575, mientras regresaba montado sobre un asno desde el convento de los capuchinos de Manfredonia, algo ocurrió en su interior. No fue un rayo visible ni un milagro espectacular. Fue mucho más profundo.

Él mismo comprendió, de golpe, que había desperdiciado su vida.

Aquel camino se convirtió en el comienzo de un hombre nuevo. Lloró amargamente sus pecados y decidió entregarse completamente a Dios. Desde entonces recordaría aquella fecha como «el día de su conversión».

No cambió únicamente su corazón.

Cambió también su manera de mirar.

Descubrir a Cristo bajo las heridas

Cuando llegó al Hospital de Santiago de los Incurables, en Roma, encontró una realidad difícil de imaginar hoy.

Los hospitales del siglo XVI eran lugares donde abundaban la suciedad, el abandono y la desesperanza. Los enfermos eran atendidos con frecuencia por empleados mal pagados y poco motivados. La higiene era escasa y el sufrimiento parecía formar parte inevitable del paisaje cotidiano.

Camilo quedó profundamente impresionado.

No podía aceptar que quienes más sufrían fueran tratados sin dignidad.

Entonces comenzó una revolución silenciosa.

«Poned más corazón en esas manos»

Probablemente no exista una frase que resuma mejor su vida.

San Camilo repetía continuamente a sus religiosos:

«Poned más corazón en esas manos».

No era una expresión poética.

Era un programa de vida.

Quería que cada enfermo fuera atendido con la misma delicadeza con la que una madre cuida a su único hijo enfermo. Esa imagen maternal quedó grabada para siempre en el carisma camiliano y sigue siendo hoy el alma de las Hijas de San Camilo y de toda la familia camiliana.

El hombre que enseñó a abrazar las epidemias

Cuando llegaba una peste, la mayoría huía.

Camilo hacía exactamente lo contrario.

Organizaba grupos de religiosos y se dirigía allí donde nadie quería entrar. Atendía a los apestados, recogía moribundos de las calles, limpiaba heridas, cargaba enfermos sobre sus propios hombros y acompañaba a quienes iban a morir completamente solos.

Muchos de sus compañeros perdieron la vida haciendo exactamente eso.

Por ese motivo introdujo un cuarto voto en su Orden: servir a los enfermos incluso con riesgo de la propia vida.

Mucho antes de que existieran los modernos equipos de emergencia o la atención paliativa, Camilo ya había comprendido que hay sufrimientos que solo pueden aliviarse permaneciendo al lado de quien los vive.

Un reformador sin hacer ruido

Resulta sorprendente comprobar cuánto de moderno había en su manera de entender el cuidado.

Quiso hospitales más limpios, mejor ventilados y organizados.

Insistió en la higiene de los enfermos.

Pidió que primero se atendiera el cuerpo antes de exigir cualquier práctica religiosa.

Exigió competencia, organización y formación para quienes cuidaban.

Pero, sobre todo, cambió la actitud.

No bastaba con hacer bien las cosas.

Había que hacerlas con amor.

El historiador Francisco Álvarez resume esta revolución afirmando que la verdadera conversión de Camilo consistió, sobre todo, en cambiar su manera de mirar, viendo en cada enfermo al mismo Señor y haciendo del servicio una auténtica obra de arte.

El gigante

Quienes lo conocieron hablaban de su impresionante estatura física.

Pero todos terminaban olvidando su altura para recordar otra grandeza mucho mayor.

Era capaz de pasar noches enteras velando enfermos.

Pedía perdón a los pacientes cuando pensaba que no habían sido suficientemente atendidos.

Se arrodillaba delante de ellos porque decía que eran sus «amos y señores».

Su autoridad no nacía del poder.

Nacía del servicio.

Una herencia que sigue viva

Más de cuatro siglos después, el mundo ha cambiado.

Los hospitales son distintos.

La medicina ha avanzado de forma extraordinaria.

Sin embargo, la gran intuición de san Camilo continúa siendo profundamente actual.

La persona enferma necesita tratamientos.

Pero también necesita una mirada.

Necesita tiempo.

Necesita cercanía.

Necesita alguien que le recuerde que su dignidad permanece intacta incluso en la fragilidad.

Por eso san Camilo no pertenece solamente a la historia de la Iglesia.

Pertenece también a la historia de la humanidad.

Porque enseñó que cuidar no consiste únicamente en curar.

Consiste en amar.

Y quizá por eso sigue siendo conocido, con toda justicia, como el Gigante de la Caridad.

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Hijas de San Camilo
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