Hay meses que pasan sin hacer ruido… y hay meses como febrero, que llegan con risas, encuentros y momentos que nos recuerdan por qué esta casa es mucho más que una residencia: es familia.
Este mes lo hemos vivido con dos escenas muy distintas y, al mismo tiempo, muy nuestras. Una llena de color, de imaginación y de carcajadas. La otra, más silenciosa, más honda, más llena de consuelo. Ambas nos han hablado de lo mismo: de una vida compartida, cuidada y celebrada.
Carnaval: de pronto, más faraones que en el Nilo
El martes de Carnaval ocurrió algo curioso: de repente, la residencia se llenó de faraones.
Sí, faraones. Y también de coronas, collares dorados y algún que otro Tutankamón con andador, que paseaba por el pasillo con una dignidad que ya la querrían algunos museos.
Los complementos egipcios fueron elaborados con arte, paciencia y mucho humor en nuestro Taller de Manualidades, donde un poco de cartón, pintura y ganas de pasarlo bien bastaron para transformar el pasillo en una pequeña pirámide… aunque con ascensor, calefacción y merienda, que aquí somos prácticos.
Y eso es lo bonito de esta casa: que un detalle sencillo puede desatar una alegría enorme. Basta un disfraz, una mirada cómplice o una broma bien puesta para que el corazón se anime… y, cuando el corazón se anima, el cuerpo también se apunta.
Nos encanta comprobar cómo nuestros mayores conservan intacta esa capacidad de jugar, reírse y entrar en la fiesta. Porque el Carnaval, al final, no consiste solo en disfrazarse por fuera, sino en recordar que por dentro seguimos vivos, despiertos y con ganas de celebrar.
Y, sinceramente, si Cleopatra hubiera pasado por aquí aquella tarde… seguro que se quedaba a merendar.
Nuestra Señora de Lourdes: una casa donde nadie camina solo
El 11 de febrero vivimos otro momento muy especial al celebrar a Nuestra Señora de Lourdes con la Unción de los Enfermos.
Es un sacramento que no asusta, sino que abraza. No habla del final, sino del consuelo de Dios, de su cercanía, de su fuerza cuando el cuerpo anda más frágil y el alma necesita descanso.
En esos días tuvimos además la alegría de contar con la presencia de la Madre Zelia, General de las Hijas de San Camilo, junto con Sor Paula. Y cuando la familia se reúne, algo especial pasa. Se nota en el ambiente, en la oración, en los gestos y en esa paz sencilla que va dejando Dios cuando encuentra la casa abierta.
En cada frente ungida y en cada mirada emocionada, volvimos a comprender lo que somos: una casa donde nadie camina solo.
Nuestra Señora de Lourdes nos recuerda que la fragilidad no es una derrota. También puede ser lugar de gracia, de ternura y de presencia de Dios. Y aquí, en la residencia, lo creemos de verdad.
Porque febrero nos ha regalado justo eso: una alegría que hace reír y una fe que sostiene. Y ambas cosas, cuando se viven en familia, dejan huella.











