Todo es gracia



  La Madre Josefina Vannini era pequeña de estatura, proporcionada físicamente y nada llamaba la atención en ella fuera de sus ojos, brillantes, de mirada abierta y directa.

  Un componente de su personalidad fue su salud delicada. Tuvo una patología que fue definida de diversa manera: salud débil, complexión delicada, dolores fuertes de cabeza e intestinales, mal de corazón, miocarditis. Y, a pesar de ello, fue capaz de mantenerse fiel a las pequeñas cosas, usos y costumbres de la vida comunitaria, viviendo al mismo tiempo el ritmo exigentemente amoroso de su vida interior.

  Su debilidad congénita, más que empañar, acrecienta la grandeza de su carácter: fuerte, recto, ajeno a falsos compromisos, decidido, activo. Su comportamiento en el gobierno de la Congregación fue equilibrado, abierto al diálogo, optimista, emprendedor, tolerante y firme, con un juicio claro acerca de las cosas que habían de hacerse y los medios a emplear, sobre todo en lo relacionado con la organización de la vida religiosa de sus hijas.

  Es una auténtica maestra del espíritu. La totalidad de sus escritos está compuesta por cartas que van desde el 17 de junio de 1892 al 25 de febrero de 1908, junto con algunos pensamientos y otras notas de pequeña extensión. Escritas con letra firme, clara, proporcionada en su forma y de fácil lectura, son el testimonio de un alma enamorada de la perfección.

  Humanamente aparece como una persona metódica, clarividente, extrovertida, abierta a la realidad, optimista incluso ante los acontecimientos tristes. Todo se vuelve familiar, sencillo e íntimo. No aparecen palabras de afecto falsas o vacías.

  Fue educada y vivió en la cultura religiosa ambiental de su tiempo, pero en vano se buscarán en sus cartas citas de algún autor espiritual. En su conjunto, revelan la riqueza de una persona preocupada por su querida Congregación, el celo por la santificación y la vida interior de sus religiosas, la caridad maternal, la comprensión y la firmeza en sus decisiones como superiora, el exquisito cuidado en mantener el espíritu. Otras ideas frecuentes en sus escritos son el abandono en las manos de Dios, la abnegación, la asistencia a los enfermos, la caridad, la comunidad, los votos religiosos, la santidad, la humildad, el cumplimiento de la voluntad de Dios, etc. Llama la atención que una mujer que perdió de niña a sus padres y hubo de hacerse interiormente en un internado sin gozar de afectos familiares, haya llegado a tener una personalidad tan equilibrada e indique, de manera clara y precisa, cómo construirse según los planes de Dios, sin desviaciones o complicaciones. Una férrea disciplina personal, dulcificada por el permanente abrazo amoroso con Cristo crucificado en la persona del enfermo, es el camino que ella propone para llegar a ser auténtica Hija de San Camilo.

  No sabemos con exactitud cómo fueron sus coloquios con el Señor, su método de oración. Una de las poquísimas muestras que tenemos es la siguiente oración escrita en el año 1908: “Mi divino Jesús, dadme el amor por excelencia, el amor de la cruz, no de las cruces heroicas que nos llevan a nosotros, sino de aquellas cruces vulgares que, por desgracia, llevamos con tanta repugnancia; las cruces de cada día, de las que está sembrada la vida y que encontramos a cada instante en nuestro camino, Solamente entonces sabréis que os amo y esto para mí es suficiente”.