Maternidad



  En el decreto de introducción de su Causa para el Proceso Apostólico sobre el ejercicio de las virtudes en grado heroico se llama a la Madre Josefina Vannini “Madre de la caridad”. Y lo fue en el servicio caritativo que prestó a los enfermos. Pero también fue auténtica y profundamente madre para sus propias hijas.

  La maternidad, bebida en la fuente de San Camilo, es la nota fundamental del carisma de la Madre Josefina Vannini. Así lo afirma el decreto sobre la heroicidad de sus virtudes del 7 de marzo de 1992, al reconocer que poseía la gracia y el mérito de haber sido “amorosamente madre respecto de las hermanas de la Congregación, de los enfermos, de los pobres” y de haber enseñado a las hermanas “a comportarse de idéntica manera”, haciendo visible a quien sufre el amor invisible de Dios.

  Abocada a la última etapa de su vida (de 1892 a 1911), la maternidad le duró 19 años. Fue una maternidad manifestada en gestos y palabras sencillas, como puede hacerse en familia. En un silencio y en un trabajo que no llaman aparentemente la atención, pero que ofrecen continuidad, acogida, paz y seguridad a todos los miembros de la familia.

  A este propósito no está de más constatar un hecho curioso: la Madre Josefina Vannini recibe el 19 de marzo de 1873 la confirmación y la primera comunión; en esa misma fecha, pero del año 1892, toma el hábito religioso y al año siguiente, 1893, también en la misma fecha, emite privadamente los votos religiosos. Como si esta coincidencia de fechas en la fiesta de San José fuese una profecía, ella vivió en una penumbra y en un segundo plano semejante al del santo Patriarca. Una compañera suya de la adolescencia testifica al respecto: “Le sentaba bien el nombre de sor Josefina que le habían dado en comunidad, pues como su santo protector, pasó en la sombra y en el silencio toda su vida”.

  Las actas del Proceso Ordinario Informativo muestran que hubiera querido tener siempre a su alrededor a sus hijas, que las visitaba frecuentemente en las casas de la Congregación, aunque esto le costara una gran pérdida de fuerzas. El modo como las recibía las hacía abrirse con confianza. Nunca le faltó la sonrisa e incluso sabía gastar bromas. Parecía que “adivinaba hasta el pensamiento de sus hijas”. De aquí el espíritu de unión, la confianza, la apertura, la condescendiente obediencia, la cálida fraternidad que repartía entre las hermanas.

  Visitaba a diario a las enfermas graves y a veces pasaba las noches al lado de su cama, sin tener en cuenta su propia salud débil.

  Quiso ser madre para todas sus hijas. Probablemente volcó sobre ellas las delicadezas maternales que no pudo gozar por la temprana muerte de su madre. Pero una maternidad recia, de un corazón que pedía incluso sacrificios cuando eran necesarios.