La Congregación de las Hijas de San Camilo nace en el sacrificio



  En 1895, el P. Luis Tezza es elegido consultor general. Aquel año debe afrontar un momento difícil de su vida: es objeto de sospechas injustificadas que son llevadas a las autoridades eclesiásticas. El no se defiende; pone su causa en las manos de Dios.

En 1897 es enviado a España como visitador y en 1898 es incardinado definitivamente en la provincia francesa.

  El día 26 de abril de 1900, el P. Luis Tezza fue enviado, con el P. Ángel Ferroni, a la comunidad de Lima (Perú) con el proyecto de reunificar a aquella comunidad con la Orden. Los dos co-visitadores salen de Génova el día 3 de mayo de 1900 y llegan al puerto de Callao el día 19 de junio de 1900, después de 47 días de viaje.

  Debido a varias circunstancias políticas en Perú, la comunidad de Lima estuvo separada de Roma durante un siglo. La fundación camiliana, antes floreciente, decayó del primitivo fervor con la separación. Era un hecho que afectaba a casi todo el clero y a los religiosos de Perú. El año 1900, con gran alegría por ambas partes, la comunidad de Lima se reinsertó definitivamente en la Orden. Después de casi dos meses en Lima, el P. Luis Tezza y el P. Ángel Ferroni obtuvieron resultados consoladores.

  Antes de regresar a Europa fueron a despedirse del Delegado Apostólico Pedro Gasparri y del Arzobispo de Lima. El Nuncio insistió en que, al menos, uno debía permanecer para consolidar la obra. Como el P. Ángel Ferroni deseaba regresar porque era provincial de España, el Nuncio ordenó al P. Luis Tezza que permaneciera, valiéndose de su autoridad como Visitador Apostólico.

  Conocemos algo de su trabajo apostólico por una carta que escribió él mismo el 14 de abril de 1908 a sor Matilde: “Además de la atención espiritual de cuatro hospitales (cerca de 1.800 enfermos) y el servicio de las iglesias respectivas, tenemos la nuestra muy frecuentada, la cárcel femenina, la escuela correccional, la escuela normal y otros cuatro colegios para las confesiones y la instrucción religiosa, sin contar la llamadas de noche y de día para la asistencia a los moribundos a domicilio en la ciudad y en las afueras. Y para todo esto no somos más que 12 padres”.

  Fue nombrado, por la autoridad eclesiástica de Lima, para desempeñar innumerables cargos: confesor del seminario central de la archidiócesis, confesor de varias órdenes contemplativas y de congregaciones religiosas, miembro del consejo de administración de la archidiócesis, en 1909 consultor episcopal de la asamblea episcopal de Lima, miembro del consejo de vigilancia. Pedro Gasparri, -más tarde Cardenal y Secretario de Estado del Vaticano-, lo escogió como su consejero. Emilio Lisson Chaves, obispo de Chachapoyon -que llegó a ser arzobispo de Lima- dijo “que, oyéndole hablar, tuve la impresión de ver a un segundo san Francisco de Sales”; que “era muy solicitado su consejo, siendo reconocido por su cultura superior, capacidad y virtud nada comunes”.

  El P. Luis Tezza, el 31 de enero de 1912, escribiendo a la Madre Alfonsina, aclara por qué no las escribe con frecuencia: “Tened la seguridad de que no tengo nada que pueda impedirme escribiros incluso todos los días, si así lo desease, y ya que insistís tanto en saber el motivo de mi habitual silencio, os lo diré para que no hagáis juicios temerarios.

  Nada de humano. Ya se lo había dicho a su tiempo a vuestra queridísima Madre. Desde los primeros años de vuestra fundación, abrumado por las dificultades, las penas, las luchas, las angustias de toda clase, que quizá no manifestaba, pero que sentía mucho en mi corazón, hice al Señor, por el éxito de la obra y por vuestro bien, el sacrificio de lo que más costaba a mi corazón, ofreciéndole el holocausto de mi absoluta separación de vosotras, a condición de que prosperase el Instituto, os mantuvieseis siempre en el buen espíritu y os guardase siempre el Señor como a la niña de sus ojos.

  Parece que Dios haya aceptado mi sacrificio y pocos años después, cuando menos me lo esperaba, el P. General me mandaba a América por algunos meses. Pero el Señor, incluso contra la voluntad del P. General, me quiso aquí para siempre. ¿No debía y no debo aceptar de corazón lo que he prometido y ofrecido por vuestro bien, hijitas mías tan queridas? Y ¿no sería robar por mi parte algo del don ofrecido al Señor, si, por satisfacer a mi corazón, mantuviese con vosotras una frecuente relación epistolar?… Sed buenas, por tanto, y contentaos con lo poquito que podré daros L. Tezza”.

  La distancia que separa al Padre Luis Tezza y a las Hijas de Can Camilo es grande, pero mayor es el amor que los une en el Señor. Con paternal afecto se acuerda siempre de las queridas hijas y se alegra con el progreso de Congregación “como si fuese la recompensa del gran sacrificio recíproco” que les impuso la “santísima voluntad de Dios”.