La añoranza del Padre lejano



  La Madre Josefina Vannini tuvo muchas alegrías. En primer lugar cuando el cardenal Pedro Respighi, vicario de Roma, el 21 de junio de 1909, elevó a Congregación de Derecho Diocesano el “Pío Conservatorio” de las Hijas de San Camilo y aprobó sus Reglas y Constituciones. Luego, también vivió la pujante y creciente historia inicial de su Congregación.

  Pero todo esto tuvo también su triste contrapartida: la defección de algunas religiosas, los problemas económicos, etc. y, sobre todo, la separación definitiva del Padre Luis Tezza, que, en el año 1900, fue enviado a Lima (Perú) con el cargo de visitador. Aquí permanecerá ya para siempre, hasta la hora de su muerte, que tuvo lugar el 26 de septiembre de 1923.

  Para la fundadora, esta separación fue una prueba durísima. Nos ha quedado su testimonio en una carta escrita el 28 de enero de 1907, en la que, después de referirse a su encuentro de 1891 con el Padre Luis Tezza, añade: “En algunas ocasiones sólo la cercanía de Dios nos puede consolar, especialmente cuando no se tiene a nadie y nos sentimos solas, solas. In te, Domine, speravi, y ¡adelante!, repitiéndolo frecuentemente”.

  El Padre Luis Tezza se muestra siempre íntimamente unido con ellas y en los primeros tiempos vive con la esperanza de poder retornar a Italia, Pero se dio cuenta pronto de la imposibilidad de poder cumplir su deseo.

  En una carta se llama a sí mismo viejo (a sus 60 años), quizá por el desgaste de sus fuerzas y el inmenso trabajo a apostólico asumido por él en Lima. Durante el año 1901, continuó siendo abundante la correspondencia. A partir de 1902 comienza el silencio del Padre al escribir con menos frecuencia a sus hijas. Del 17 de febrero de 1922, un año antes de su muerte, conservamos esta conmovedora carta: “Mis siempre queridísimas Hijas en el Señor. Aprovecho la bondad de nuestro M. R. P. Provincial, que está haciendo aquí la visita, para añadir a sus palabras una nacida de mi corazón que siempre está lleno hacia vosotras del antiguo e inextinguible afecto en el Señor y para pediros que recéis por mí, ya que me siento muy cercano a la eternidad. Hasta el cielo, mis siempre queridísimas Hijas; encomendadme mucho al Señor como yo lo hago y lo haré siempre con vosotras. Quisiera deciros tantas, tantas cosas, pero me faltan fuerzas para escribir: que os las enseñe el Señor, porque de Él vienen, haciéndoos siempre más suyas. Hasta el cielo, mis queridísimas Hijitas. Os bendigo con todo el corazón. L. Tezza”.