La despedida de la Madre Josefina Vannini



  La vida de la Madre Josefina Vannini está unida a los acontecimientos de los primeros diecinueve años de existencia de la Congregación de las Hijas de San Camilo, en la que ella vive y trabaja primero como simple hermana, luego como Superiora y finalmente como Madre General.

  Los acontecimientos se sucedieron con un ritmo rápido, en una mezcla incesante de dolores y alegrías. Entre las alegrías se encuentra el continuo afluir de jóvenes deseosas de abrazar la vida religiosa camiliana, de la que tanto se hablaba allí donde las hermanas aparecían cumpliendo su misión caritativa. Está, además, el multiplicarse de las fundaciones a través de hospitales, residencias, pensionados.

  Cada año visitaba todas las casas de la Congregación, aun a costa de incomodidades, ya fuera por la lejanía geográfica o por la falta de medios de comunicación de aquel tiempo. La única excepción fueron las casas de Argentina, que no pudo visitar por causa de su delicada salud.

  Cuando se encontraba bien de salud era muy activa. Pero su corazón, siempre enfermo, le causó muchos sobresaltos, obligándola a largos reposos. Cualquier emoción o sufrimiento agravaba su enfermedad y le causaba nuevas crisis. Ambas cosas, emociones y sufrimientos, se multiplicaron a lo largo de su vida religiosa.

  La ausencia definitiva del Padre Luis Tezza hizo que la Madre Josefina Vannini permaneciera sola en el gobierno de la nueva Congregación, teniendo que afrontar problemas y necesidades de todo tipo. Y, mientras la Congregación crecía, la fundadora, enfrentada al mayor compromiso de su vida, se encontraba cada vez más débil y enferma.

  Durante el año 1910 la salud de la Madre se resintió paulatina e inexorablemente. En el mes de diciembre sufrió una crisis cardíaca tal que los médicos la prohibieron volver a preocuparse de las casas y de las personas de la Congregación. Le pusieron un tratamiento médico y le ordenaron reposo absoluto. Y, cuando más necesitaba tranquilidad personal, le llegaron las pruebas interiores, como la última purificación de su vida, antes de encontrarse con el Señor que había elegido como su único amor. En aquellos momentos finales de su vida, le asaltaron las dudas: la posibilidad de haber engañado a todas sus hijas espirituales, el abandono en que quedaban cuando más la necesitaban... Fue una agonía, una lucha que se prolongó durante los días 21 y 22 de febrero de 1911.

  Según los testigos, “por la tarde, la Madre apareció más tranquila y serena, de buen humor; cuando las hermanas van a saludarla, se pone a bromear con ellas como solía hacerlo; recibe a las hermanas y las bendice”.

  Así pasó las primeras horas de la noche, obediente a las indicaciones de sor Camila Sommacampagna, su enfermera, a la que dice que no esté de pie, que se siente para descansar y dormir un poco, pues no necesita que la esté vigilando todo el tiempo. La Madre parece adormecerse, pero sobre la dos de la noche se remueve y la hermana acude solícita al lado de su Madre para recibir sobre su hombro la cabeza de la Madre que acaba de morir. Eran las dos y cuarto del día 23 de febrero de 1911. En aquel momento la Congregación contaba con 126 hermanas, 10 casas en Italia y 6 en el extranjero. Se vistieron de luto por la muerte de la Madre.

  El 24 de febrero, después de los funerales, recibió sepultura en el cementerio de Campo Verano de Roma. Pero no será este el lugar de su reposo definitivo. El 5 de noviembre de 1932 fue exhumado su cuerpo y trasladado a la casa madre, ubicada entonces en la calle Labico de Roma, siendo enterrada en el centro del pavimento de la iglesia, cubriendo su tumba con una lápida en la que se leía esta inscripción: “Piedad y amor de Hijas - aquí la quisieron - para que se quede y sobreviva - entre ellas - Madre, Maestra, Guía”.

  No terminó aquí su peregrinación. Al construirse la nueva casa general en Grottaferrata, sus restos fueron trasladados el 22 de mayo de 1976 a la iglesia de esta casa. Según el relato del acto: “Terminada la misa y llevado a cabo el control oficial de los sellos, se dio al ataúd la bendición ritual. Luego, mientras se cantaba el Magníficat, el ataúd fue llevado por ocho religiosas, una por cada nación, a la nave lateral izquierda de la iglesia y sepultado en un precioso sarcófago de mármol rosa de España, colocado allí hacía ya tiempo. Las religiosas pasaron ante el ataúd de su fundadora que, luego, colocado en el sarcófago, fue cerrado con una pesada losa de mármol. Desde aquella tumba, la Sierva de Dios sigue ofreciendo, especialmente a sus hijas, aspirantes, novicias y profesas, su enseñanza de caridad y de amor a los que sufren, que ella misma aprendió en la escuela de Jesús paciente y del Santo Padre Camilo”.

  Fue beatificada por su santidad el Beato Juan Pablo II el 16 de octubre de 1994.